Rojo como caperucita y su sangre.
Es increíble como algo superficial como teñirse el pelo, influye tanto en la manera de sentirse acerca de uno mismo.
Fue un sábado cuando me puse las mechas rosas y rojas. Me hicieron sentir fiera, diferente y me aportaron una seguridad que no creía posible. El tinte decía durar un mes. Yo lo lucí tres días. Desaparecieron durante la tarde del último, en natación: el cloro devoró todo color.
Lloré por esto que había conocido y por su efímero estado. Qué iba a hacer ahora?
Mi madre me prometió que me llevaría a renovarlas pero esta vez sería con algo permanente y que resistiera al cloro.
“Cuando acabes los exámenes” dijo.
La preparación, los apuntes, el repaso... casi llegan al mes. Luego vinieron la Navidad, las matemáticas y las uvas.
No he dejado de pensar en mi tinte, en cómo me quedaba pero ya ha pasado mucho tiempo y me vuelvo a acostumbrar a mi rubio entre castaño.
Ayer visité la peluquería. Vi el papel de aluminio, las brochas y... no sucumbí a la tentación.
Sólo hubo nostalgia. De la buena.
Es una sensación aún más maravillosa.